Nota del autor: las imágenes que ilustran este relato de ciencia-ficción están generadas por Inteligencia Artificial IA
El tiempo pasó, el Torre Pacheco de 1979, se convirtió en un recuerdo vívido pero lejano para José. El folleto, cuidadosamente guardado en una caja fuerte imaginaria de su memoria, era su tesoro más preciado, un recordatorio tangible de la aventura que él y Ginés habían vivido. Ginés, siempre más pragmático, se había centrado en su vida en el pueblo, casándose, formando una familia, y a veces, en noches de copas, compartían miradas cómplices, un entendimiento silencioso de su increíble secreto.
José, sin embargo, no podía olvidar. La imagen de Lyra, la mujer del Valle, se había grabado a fuego en su alma. Sus ojos verdes, su sonrisa enigmática, la sensación de su fría mano en la suya… todo eso se convirtió en una obsesión silenciosa, un anhelo que lo acompañó a través de los años. Trabajó, vivió, amó… pero una parte de él siempre estuvo anclada en ese verano de 1979, esperando un futuro que solo él conocía.
Hasta que un día, casi cuarenta años después, una oportunidad se presentó. Una convención internacional sobre tecnologías de la información, algo impensable en 1979, lo llevó a una ciudad cosmopolita, un lugar de rascacielos que perforaban las nubes y de luces que rivalizaban con las del Valle. Mientras caminaba por una galería de arte moderno, una imagen lo detuvo en seco.

Era una fotografía. En blanco y negro, pero con una nitidez sorprendente. Mostraba a una mujer rodeada de tecnología futurista, su rostro sereno, su pelo negro cortado a la moda de los años 60. Sus ojos… eran inconfundiblemente los mismos ojos verdes que lo habían cautivado. Debajo, una pequeña placa de bronce: “Lyra – Pionera de la Interfaz Humano-Máquina – 1968”.
El corazón de José dio un vuelco violento. Era ella. Mayor, sí, con líneas sutiles de experiencia alrededor de los ojos, pero era ella. El tiempo había pasado para ella también, pero su esencia, su mirada, permanecía inalterable. La conexión que sintió en el Valle regresó con una fuerza arrolladora.
Con manos temblorosas, José se acercó a la comisaria de la exposición. “Disculpe”, dijo, su voz ronca por la emoción. “Esta artista… ¿Lyra… dónde se la puede encontrar? ¿O se sabe algo más de ella?”
La comisaria, una mujer amable de mediana edad, consultó un registro. “Lyra… ah, sí. Fue una figura fascinante. Una visionaria. Lamentablemente, se retiró de la vida pública hace muchos años. Pocas personas saben dónde vive. Se dice que lleva una vida muy discreta, alejada de todo.”
Pero José era persistente. Impulsado por una fuerza que no podía explicar, pasó días investigando, siguiendo pistas tenues, hasta que finalmente, a través de un contacto de un contacto, obtuvo una dirección. Un lugar apartado, en las afueras de la ciudad, una casa modesta pero cuidada, rodeada de un jardín exuberante.
CONTINUARA
© Jose A. Andreu Fdez.



















