Nota del autor: Las fotos que ilustran este relato han sido generadas por IA por DeepSpicy y Venice.ai
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El verano de 1979 se cernía sobre Torre Pacheco con el calor pegajoso y la promesa de un letargo dorado. Mientras los telediarios, con su tenue luz parpadeante, anunciaban el azaroso reingreso del Skylab sobre las arenas australianas y el ascenso al poder de Saddam en la lejana Mesopotamia, José, en la intimidad de su modesto piso, sentía el tirón de un destino más cercano.
Las persianas venecianas de su habitación proyectaban franjas de luz ámbar sobre una maleta de cuero desgastado. José, auxiliar administrativo en las Destilerías Carthago, en Torre Pachceco era un hombre de números y horarios, cuya vida olía a papel timbrado y a etanol diluido. Pero esa maleta, abrochada con un suspiro contenido, contenía billetes de pasaporte a un mundo diferente. Quince días. Un crucero por el Mediterráneo.
La rutina se había roto con la adquisición de ese pasaje. El itinerario era ambicioso para un hombre de su mesada: un recorrido por puertos vibrantes, culminando en la parada que más le erizaba la piel, dos días en Haifa, la puerta a Tierra Santa. Un peregrinaje secular, una aventura inesperada.
El día del embarque, el aire salino y denso del puerto de Valencia le pareció más nítido que el aire de Murcia. El barco, imponente y blanco, era un mundo flotante de promesas efímeras. José se movía entre la multitud con la torpeza de quien está acostumbrado a las sillas fijas de una oficina, hasta que la vio.
Estaba en la cubierta superior, al lado de la barandilla de teca, con el sol del mediodía acariciando mechones rubios cortos que enmarcaban un rostro de contornos definidos y ojos de un azul pálido, casi blanco bajo la luz cegadora. Medía al menos un metro setenta, su figura esbelta envuelta en un caftán ligero que ondeaba con la brisa marina. Ella era una mancha de vitalidad contra el azul infinito.
Se llamaba Jennifer. Se conocieron al caer la tarde, durante la cena formal, cuando un camarero tropezó y su copa de vino tinto amenazó con manchar el vestido de ella. José reaccionó por instinto, interponiendo su servilleta con una rapidez que no se correspondía con su carácter habitual.
- ¡Gracias!,
exclamó Jennifer con un acento americano que sonaba a jazz suave. -Eres mi
héroe del Mediterráneo.
La química se encendió en ese instante. Jennifer era periodista freelance, ávida de historias y desprovista de inhibiciones. Hablaba de San Francisco, de protestas estudiantiles, de la libertad indomable que parecía faltarle a la España de aquellos años. José, por su parte, le revelaba la belleza austera de la huerta murciana y el olor persistente de las destilerías al amanecer.
A medida que el crucero se adentraba en aguas internacionales, la amistad se pulió y se oscureció con un matiz inconfundible. Las conversaciones se prolongaron hasta la madrugada en las terrazas del barco, bajo un cielo tan denso de estrellas que parecía falso. Descubrieron una complicidad asombrosa, una sintonía que trascendía sus orígenes. Las miradas se demoraban; el contacto físico, primero accidental, se hizo deliberado: una mano que rozaba el antebrazo al reír, un codo que se buscaba en el sofá. El romance floreció en ese espacio suspendido, esa burbuja de agua salada y neón. Una noche, en la pista de baile, mientras sonaba la canción de los Bee Gees “How Deep Is Your Love”, Jennifer se inclinó, su cabello corto rozando la oreja de José.
- Es delicioso, ¿sabes?,- susurró ella, con sus ojos claros fijos en la penumbra. - Estar aquí, contigo. Es como si hubiéramos sido programados para encontrarnos justo ahora
- Ojala y este crucero no acabase nunca- le susurraba mientras bailaban.
- Cariño a mi tampoco me gustaría, pero todo tiene un final- le susurraba con su cabeza apoyada en su pecho.
José la sujetó con firmeza, sintiendo la delgadez de su cintura bajo el vestido de seda. Era un hombre que jamás se había atrevido a soñar con tal intensidad. El roce de sus cuerpos era una verdad física que desmentía su vida anterior de contabilidad y mesura. La besó allí mismo, bajo la luz amarilla de la cubierta, un beso que sabía a promesa y a despedida.
Sabían, con la dolorosa claridad de quien contempla el horizonte, que el tiempo era su principal enemigo. Ella regresaba a California, él al otro lado del mundo, a su puesto en las destilerías. Pero esos días eran un paréntesis perfecto. Durante las horas en que el sol no quemaba la cubierta, exploraron cada rincón del barco como si fuera un palacio secreto. Compartieron secretos a media voz, leyeron fragmentos de libros en voz alta, y en la intimidad de sus camarotes, la exploración de sus cuerpos fue tan natural y necesaria como la respiración. Jennifer le enseñó a ver la sensualidad en el mapa de sus hombros, en la firmeza de su mandíbula. José le ofreció una ternura paciente, una adoración que ella, acostumbrada a amores fugaces y ardientes, encontraba profundamente conmovedora.
Llegaron a Haifa. Los dos días en Tierra Santa fueron un torbellino de piedra milenaria y calor seco. Pasearon por las antiguas murallas, sintiendo el peso de la historia bajo sus sandalias. Pero el verdadero milagro no estaba en las reliquias, sino en el silencio compartido mientras observaban el Mar Muerto al atardecer.
-
Mira esto, José- le dijo Jennifer, tomándole la mano con una
urgencia que contrastaba con su habitual desenfado. - Mira cómo el agua se
aferra a la sal, incapaz de soltar. Así se siente ahora estar contigo.
La noche antes de la partida, se encontraron en el camarote de José. La despedida se anunciaba en cada caricia, pero se negaron a dejar que eso tiñera el momento. La atmósfera en el pequeño espacio era cargada, tensa por la inminente separación. Jennifer se deshizo de su ropa con una lentitud deliberada, sus ojos fijos en los de él, invitándolo a mirar, a grabar cada curva, cada sombra.
Cuando sus cuerpos se unieron, no hubo prisa, sino una dedicación absoluta al momento presente. Cada movimiento era un intento de mapear al otro, de memorizar la textura de la piel bajo la luz tenue de la lámpara de noche. Era un acto de amor y de duelo a la vez, una afirmación vibrante de la vida que estaban viviendo ahora, antes de que el calendario los forzara a volver a sus respectivas geografías. El placer era agudo, casi doloroso, porque sabía que estaban desmantelando el hechizo palmo a palmo. Al amanecer, el barco ya había zarpado. Estaban mirando el mar sin hablar mucho. José la abrazó fuerte, sintiendo la rigidez de su esqueleto bajo la tela fina.
- Jennifer - murmuró en su cabello rubio.- Serás la única razón por la que miraré los números en la destilería y no vea solo cifras. Serás el verano que recordaré cuando el aire huela a humedad en Torre Pacheco.
El beso y el abrazo final, en el muelle de Valencia, fue corto, pragmático, pero sus ojos se prometieron el recuerdo eterno de esa intensidad fugaz, un romance perfecto forjado en el breve paréntesis de 1979, entre el caos mundial y el calor aplastante de un verano español.
El desembarco en Valencia fue un regreso brusco a la gravedad. El traje de lino de José se sintió repentinamente ajeno al aire frío y aceitoso del puerto. La despedida de Jennifer había sido un nudo en la garganta, un abrazo prolongado donde las promesas no se hicieron con palabras, sino con la desesperación de no querer soltarse.
-
Prométeme que no seremos solo una buena
historia de crucero, José,- dijo Jennifer, su voz apenas un hilo.
-
Ya somos algo más que eso vida mía- le
susurró José.
De vuelta en Torre Pacheco, la rutina de las Destilerías Carthago se reveló como una prisión de hormigón. Los informes de producción y los horarios eran tediosos ecos del mundo que había dejado atrás. Pero José no estaba solo; llevaba consigo la intensidad de Jennifer, una luz interior que lo distinguía de sus colegas.
La correspondencia comenzó lenta, con cartas escritas a mano que tardaban semanas en cruzar el Atlántico. José se maravillaba de la caligrafía elegante de Jennifer, de cómo ella pintaba sus experiencias en California con adjetivos audaces. Ella le contaba sobre el resurgir de la música disco y la sombra de los disturbios raciales, pero siempre volviendo al calor de las cubiertas del crucero, al sabor de su boca.
José, por su parte, le enviaba descripciones detalladas de la vida murciana y de su pueblo: el olor cítrico de los campos al anochecer, del las fiestas del Melón y las patronales de octubre y cómo el silencio de su pueblo le recordaba a ella en sus momentos de quietud. Sus cartas eran contenidas, cargadas de sentimiento reprimido; la formalidad del papel le obligaba a la contención que su corazón rompía.
Los meses se sucedieron, y la intensidad epistolar se hizo más urgente. Jennifer comenzó a enviar postales con sellos exóticos, pequeñas ventanas a su vida que llegaban con el cartero como pequeños milagros. Las llamadas telefónicas transoceánicas eran escasas y caras, pero cada minuto era oro puro, un intercambio febril donde las barreras del idioma y la distancia parecían desvanecerse ante la voz del otro.
Para la Navidad de 1979, la tensión se había vuelto insostenible. Ambos sabían que las cartas y las llamadas no bastaban. Se habían enamorado de la versión idealizada del otro que existía en el papel, pero la necesidad de verificar esa realidad, de fundirse de nuevo en una misma geografía, se había vuelto imperiosa.
En Navidad, Torre Pacheco se transformó. El pueblo, normalmente sumido en la calma invernal, bullía con luces de colores que se reflejaban en el pavimento húmedo. Los villancicos sonaban desde los altavoces de la Plaza Mayor, y el aroma a anís y turrones y los cordiales flotaban en el aire frío.
En casa José veía la televisión, que emitía una pausa de publicidad, veía el spot de Carta Nevada de Freixenet, seguido de otro tradicional anuncio, el del turrón El almendro con el famoso slogan “Vuelve a casa por Navidad” al ver el anuncio Jose sintió un extraño presagio, apago la televisión y decidió salir esa tarde a pasear, caminaba por la Calle Mayor, pensando en el slogan del anuncio, sintiendo la melancolía del momento, el anhelo de una Navidad compartida que no llegaría.
Llevaba un abrigo grueso y las manos hundidas en los bolsillos, observando los escaparates iluminados de las tiendas. El bullicio de la multitud era una cacofonía, un ruido blanco que ahogaba sus pensamientos, cuando de pronto, sintió una voz entre la multitud. Se giró, esperando quizás a un vecino o a un compañero de trabajo, y se quedó paralizado.
Allí, en medio del gentío navideño, bajo la luz dorada de una guirnalda eléctrica que parpadeaba sobre una pastelería, estaba Jennifer. No había previo aviso, ni carta de llegada, ni telegrama. Solo ella.
Su cabello rubio, que ahora llevaba quizás un poco más largo, sus ojos brillaban bajo las luces. Llevaba un abrigo de lana color crema que la hacía parecer más esbelta que nunca, y sus ojos claros, aquellos que habían absorbido el sol de California, estaban fijos en él, llenos de una mezcla de nerviosismo y triunfo.
-
¡José! - exclamó emocionada, y su voz,
aunque extranjera, era perfectamente audible sobre el murmullo festivo.
Caminó hacia ella sin pensarlo, ignorando las miradas curiosas de los lugareños acostumbrados a ver solo a los suyos. Cuando la alcanzó, el reencuentro fue violento, desesperado. La abrazó con tal fuerza que ella soltó la pequeña maleta que había dejado caer en el suelo.
El mundo de José se redujo a ese instante y a ese rostro. El ruido de la Calle Mayor se apagó. Las destilerías, los anuncios de juguetes y de champán todo se disolvió. Solo existía la increíble, audaz realidad de tenerla delante en el frío de Torre Pacheco.
-
¿Cómo… cómo has…?"- logró articular José contra su cuello,
inhalando su aroma familiar a vainilla y a distancia recorrida.
Jennifer rio, una risa vibrante que resonó en el aire helado.
-
¡Feliz Navidad, mi amor! Sabía que si te
escribía, me dirías que no viniera. Que era una locura. Así que tuve que volver
a inventar el crucero. Necesitaba saber si el calor seguía siendo tan real
fuera del barco.
Y en ese abrazo, en medio de la animación bulliciosa de la Calle Mayor de Torre Pacheco, el romance suspendido se reactivó con una ferocidad renovada. Ella no era solo una historia de verano; era el regalo de Navidad que nunca se había atrevido a pedir. El frío no importaba; el calor que irradiaban era suficiente para iluminar todo el pueblo.
La sorpresa de Jennifer desató una alegría incontrolable en José. Tras el shock inicial en la Calle Mayor, la llevó a su casa, donde el calor del hogar murciano y el aroma de los dulces navideños pachequeros, los cordiales, terminaron de disipar las últimas dudas sobre la realidad de su presencia.
Los días siguientes fueron un torbellino de presentación y adaptación. Presentar a Jennifer a su familia fue un acto de fe. Sus padres, gente de costumbres arraigadas, quedaron deslumbrados por la vitalidad de la americana y su absoluto empeño en hablar un castellano que, aunque salpicado de anglicismos, se esforzaba por ser perfecto. Jennifer también se adaptó a las comidas copiosas y a las siestas post-almuerzo con una gracia inesperada.
Para Jennifer, Torre Pacheco era una postal viva, un contraste absoluto con el frenesí de California. Vio la sencillez y la profundidad de las tradiciones, y en esa autenticidad encontró una nueva capa de afecto por José. Aprendió a distinguir los sonidos de la huerta y a apreciar el silencio denso de las noches de invierno.
El tiempo voló envuelto en el espíritu festivo. La pareja vivía en una burbuja de intimidad recuperada, cada hora compartida era un tesoro ganándole tiempo al calendario.
Llegó la víspera de Año Nuevo. La Plaza Mayor de Torre Pacheco se había engalanado para despedir el año y a los años 70 y recibir el nuevo año y la década de los ochenta. Las luces eran más brillantes que en Navidad, y la plaza estaba repleta, una masa compacta de familias y amigos esperando el toque de medianoche. José y Jennifer se encontraban en el centro de la multitud, envueltos en un abrigo compartido, los pies apenas tocando el suelo bajo el peso de la expectación.

Jennifer se había adaptado a las costumbres locales con entusiasmo. Llevaba una pequeña bolsa de tela bajo el abrigo, donde guardaba sus doce uvas.
-
¿Lista para la década de los ochenta,
señorita periodista?,- le preguntó José al oído, su aliento formaba una nube
blanca en el aire frío.
Jennifer se giró, sus ojos claros brillando con una emoción profunda.
-
Lista para empezar cada década contigo,
José. Pero esta la empezamos aquí, en tu pueblo. Es simbólico.
-
El próximo crucero contigo a San
Francisco.- le dijo José mirándola a sus ojos.
A medida que el reloj de la iglesia marcaba los últimos minutos de 1979, el murmullo de la plaza se convirtió en un rugido contenido. José tomó la mano de Jennifer, sintiendo su palma ligeramente húmeda, no por miedo, sino por la emoción del momento que se avecinaba.
Cuando el primer campanazo resonó, grave y solemne, el ritual comenzó. Uva a uva, con precisión y risas nerviosas, lograron tragar las doce antes del último tañido. El estallido de júbilo que siguió fue ensordecedor: abrazos, gritos de "¡Feliz Año Nuevo!", y el sonido de botellas de cava abriéndose por toda la plaza.
En medio del caos alegre, José se inclinó hacia Jennifer. No era un beso robado como en el crucero, ni un encuentro secreto. Este era público, firme, una muestra de amor ante el pueblo entero y ante el futuro.
- feliz año nuevo Jennifer y bienvenida a los años ochenta - le dijo, y luego la besó, un beso y un abrazo largo, lleno de la certeza que el efímero romance del Mediterráneo no había podido darles: la posibilidad de un mañana.
Al separarse, los fuegos artificiales comenzaban a iluminar el cielo oscuro con efímeros destellos verdes y rojos y ambar. Jennifer se apoyó en él, sintiéndose inexplicablemente en casa.
- Este es el mejor escenario para un principio, José,- suspiró ella, mirando el espectáculo pirotécnico que parecía celebrarlo solo a ellos dos.
- Un nuevo comienzo, una nueva década, y tú. Sabes que no voy a volver a San Francisco.
José sonrió, la felicidad inundándole el pecho con una calidez que superaba cualquier calefacción. El aire olía a pólvora, a vino espumoso y a promesa.
- Lo sé- respondió él, apretándola contra sí, mirando hacia el cielo que ahora se abría en colores vibrantes. El futuro no está en las islas, ni en el mar, ni en la correspondencia. El futuro está aquí, Jennifer. En Torre Pacheco, a tu lado.
Mientras la multitud seguía celebrando el paso a 1980, la pareja se quedó inmóvil en el centro de la plaza, dos almas que se habían encontrado por casualidad y que ahora celebraban, con la certeza de un amor que había sobrevivido a la distancia y al tiempo, el comienzo de una vida juntos. la construcción de su hogar, por fin, comenzaba.
FIN
© Jose A. Andreu Fdez.

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