sábado, 2 de mayo de 2026

SOMBRAS EN LA OFICINA: CAPITULO 1: UN AMOR QUE FLORECE EN SILENCIO

 Nota del autor: la imágenes que ilustran este relato han sido generadas por Inteligencia Artificial por AI Free Video, y  al igual que lo relatado en esta ficción cualquier parecido con personas  o historias de la realidad es pura y mera coincidencia.


En las luces fluorescentes de la oficina de "Soluciones Digitales", donde el tecleo constante era la banda sonora del día, vivía Mateo su secreto más dulce y amargo. Tenía 32 años, ojos cansados de pantallas y un corazón que latía con fuerza por Ana, la analista de marketing que ocupaba el cubículo al fondo. Ana era un rayo de sol: de estatura baja cabello castaño rizado  que caía en ondas suaves, una sonrisa que desarmaba tensiones en las reuniones y una dulzura que hacía que todos se sintieran vistos. Con sus compañeros, era puro cariño —abrazos rápidos al celebrar un cierre de proyecto, palabras amables como "¡Eres increíble!" que flotaban en el aire como confeti.

Pero con Mateo... nada. Un "hola" seco por las mañanas, una mirada que se desviaba rápido. Él lo notaba todo: cómo reía con Javier del equipo de ventas, cómo le tocaba el hombro a Laura durante las pausas para café. Cada gesto era una espina en su pecho. "¿Por qué no yo?", se preguntaba en las noches solitarias. Había descubierto sus sentimientos hace un mes, durante una tormenta que los dejó atrapados en la oficina hasta tarde. Ella charló con todos menos con él, y ahí nació el crush: imposible, doloroso, real.

Mateo decidió intentarlo despacio. "Primero amigos", se repetía. Empezó pequeño: dejó una nota anónima en la máquina de café con un chiste sobre el jefe gruñón. Ana rio al leerlo en voz alta, y por un segundo, su corazón voló. Luego, en una reunión, intervino cuando ella luchaba con un gráfico: "Prueba este atajo en Excel, funciona genial". Ella lo miró, sorprendida. "¡Gracias, Mateo! No se me había ocurrido". Fue lo más cerca que estuvo de una sonrisa dirigida solo a él.

Pero el dolor persistía. Una tarde, vio a Ana abrazar a Javier tras un gran logro. "¡Mi héroe!", dijo ella, y Mateo sintió el mundo derrumbarse. Salió a la terraza, lágrimas calientes en las mejillas. "Soy invisible", murmuró al viento de la ciudad. Esa noche, escribió en su diario —una "carta a un amor no correspondido"— liberando el peso que cargaba solo.


Al día siguiente, algo cambió. Ana se acercó a su cubículo con dos cafés. "Oye, Mateo, ¿me ayudas con ese gráfico otra vez? Eres un genio con eso". Él parpadeó, atónito. Charlaron 20 minutos: del trabajo, de series malas en Netflix, de lo estresante que era el tráfico. No fue un flechazo mutuo, pero fue un comienzo. Ella era dulce con todos, sí, pero con él empezó a haber curiosidad.

Pasaron semanas. Mateo no presionó; fue paciente, amigo de verdad. Compartieron almuerzos, risas sobre memes virales. Ana confesó que al principio lo evitaba porque era tímida con los "tipos callados y misteriosos" como él. "Pensé que no te gustaba hablar conmigo", admitió una vez. El rechazo imaginado era solo miedo mutuo.

Un viernes, bajo la lluvia que recordaba aquella tormenta, Ana lo invitó a un bar post-trabajo. "Eres más que un compañero, Mateo. Me haces reír de verdad". Él sonrió, el corazón latiendo fuerte pero sin prisa. No era el final de cuentos de hadas —el amor no correspondido rara vez lo es—, pero era real: de sombras a luz, de silencio a palabras.

Mateo aprendió que a veces, el primer paso es soltar el dolor en papel, y dejar que el destino pinte el resto. Y en esa oficina ruidosa, dos almas solitarias encontraron, al fin, su ritmo.

  CONTINUARA.. 

                                              © Jose A. Andreu Fdez.