Nota del autor: las imágenes que ilustran este relato de ciencia-ficción están generadas por Inteligencia Artificial IA
El sol de Murcia caía a plomo sobre los campos de melones y pimientos de Torre Pacheco. Era un verano de 1979, un tiempo de calor sofocante y siestas largas, interrumpidas solo por el zumbido de las moscas y las risas despreocupadas de los chiquillos. Para José y Ginés, dos amigos inseparables unidos por la audacia de la adolescencia, ese verano prometía ser una sucesión de aventuras. Hoy, su objetivo era el viejo caserón del cura, un edificio que llevaba décadas abandonado a las afueras del pueblo, un lugar envuelto en leyendas de fantasmas y tesoros escondidos.
—¿Estás seguro de que deberíamos entrar aquí, Ginés? —preguntó José, mirando la vieja casa de dos plantas que se alzaba ante ellos como un esqueleto olvidado en el paisaje de Torre Pacheco.
—¡Vamos, José! ¿Dónde está tu espíritu de aventura? —rió Ginés mientras empujaba la puerta de entrada, que cedió con un chirrido desgarrador—. Es solo una casa abandonada. ¿Qué podría pasar?
Dentro, el polvo flotaba en los haces de luz que se colaban por las grietas de las ventanas.
—Esto es más espeluznante de lo que pensaba —susurró José mientras subían la escalera de madera crujiente.
El interior olía a humedad y a tiempo detenido. La luz se filtraba tímidamente por las rendijas, creando un juego de sombras danzantes. Muebles cubiertos con sábanas blancas parecían figuras fantasmales esperando a ser descubiertas. Recorrieron varias habitaciones, cada una más sombría que la anterior, hasta que llegaron a un despacho en el primer piso. Allí, sobre un escritorio de caoba carcomido por la polilla, un mueble singular llamó su atención. Era un pequeño armario empotrado, con la madera oscura y adornos de bronce deslucidos.
José, siempre el más curioso, abrió una de las puertas con cuidado. En su interior, entre papeles amarillentos y lo que parecían ser viejos frascos de medicina vacíos, encontraron algo inesperado: un folleto. Estaba impreso en papel grueso, y el diseño era sorprendentemente moderno para lo que esperaban encontrar. En la portada, en letras audaces y estilizadas, se leía: **“The Doll’s Valley. Tomorrow’s Vacation, Today.”**
- ¿Qué coño es esto?- masculló Ginés, tomando el folleto de las manos de José. Estaba escrito en inglés.
Pasaron las páginas con avidez. Imágenes a todo color, vibrantes y nítidas, mostraban un lugar idílico: piscinas relucientes, jardines exuberantes, personas sonrientes con ropa de estilo futurista pero extrañamente familiar. Luego, la imagen que los detuvo en seco. Una mujer joven, de pelo negro azabache cortado a la altura de la mandíbula, unos ojos verdes penetrantes que parecían mirarlos directamente desde la foto, y una sonrisa enigmática. Vestía un traje de baño de una pieza con un diseño geométrico, muy de la época
- Mira esto, José,- señaló Ginés una línea de texto bajo la foto. “Ponía… ‘El Valle de las Muñecas, las vacaciones del futuro, hoy’.”
Y debajo, un número de teléfono, con el prefijo de Estados Unidos.
- ¿Esto es de broma?”- rió José, aunque un escalofrío le recorrió la espalda. La imagen de la chica… había algo en su mirada que lo cautivó.
Un impulso irracional los invadió. Salieron del caserón a toda prisa, el folleto apretado en la mano de Ginés, el sol ya picando menos, anunciando el atardecer. Buscaron la cabina telefónica más cercana, un cubículo verde de metal con olor a tabaco y desinfectante. El aire estaba cargado de una expectación eléctrica.
CONTINUARÁ
© Jose A. Andreu Fdez.


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