Nota del autor: la imágenes que ilustran este relato han sido generadas por Inteligencia Artificial por AI Free Video, y PixVerse y al igual que lo relatado en esta ficción cualquier parecido con personas o historias de la realidad es pura y mera coincidencia.
Esa noche, después del parque, Ana invitó a Mateo a quedarse a cenar.
- No quiero que termine el día, - dijo, con ojos chispeantes. Cocinar juntos fue puro romance: ella cortando verduras, él abrazándola por detrás mientras reían de salpicones.
- Esto es lo que soñaba, murmuró él en su oído. Ella giró, besándolo lento, profundo, hasta que el mundo se redujo a ellos dos.
Bailaron en la sala con música suave, manos en la cintura, susurros de "eres mi destino". Bajo las luces tenues, se confesaron más:
- Pensé que eras inalcanzable, como un sueño, - dijo Mateo.
- Y yo, que esperabas el momento perfecto. Ahora lo tenemos.
Durmieron abrazados, corazones sincronizados. Al amanecer, Ana sonrió:
- Esto no es casualidad... es el destino escribiendo nuestra historia.
El domingo, Mateo despertó con Ana acurrucada a su lado, el sol pintando su piel. "Hoy, cita oficial. ¿Lista para dejar las sombras atrás?", preguntó él, besando su frente. Ella rió, juguetona: "Solo si prometes no ser el Mateo tímido de la oficina"
Se arreglaron con ese cosquilleo de principiantes: él con camisa ajustada que ella eligió, ella con un vestido floreado que lo dejó sin aliento. "Eres un sueño andante", le dijo Mateo, tomándole la mano al salir.
La cita empezó en un café con terraza, mesas al aire libre bajo guirnaldas de luces. Pidieron lattes y pasteles, pies rozándose bajo la mesa. Hablaron de todo: sueños de infancia (ella quería ser escritora, él viajar), miedos (el rechazo mutuo que casi los frena) y futuros ("Contigo, cualquier cosa suena perfecta"). Sus risas atraían miradas, pero solo se veían ellos —manos entrelazadas, pulgares acariciando.
De ahí, un paseo por el río al atardecer. Ana apoyó la cabeza en su hombro mientras caminaban. -"Esto es oficial: eres mi novio",- declaró, robándole un beso dulce bajo un puente adornado de enredaderas. Mateo la levantó en brazos, girándola:- "Y tú mi todo”.
Por la noche Cenaron en un restaurante italiano íntimo: velas, vino tinto, pastas compartidas. Bailaron pegados en una esquina improvisada, susurros calientes en el oído ("No puedo dejar de mirarte"). El postre fue un beso largo, apasionado, con promesas de noches como esa la llevaron de vuelta al apartamento —ahora "su" refugio—. En la puerta, otro beso interminable.
- Me has salvado de mis sombras", dijo él.
- Y tú me has dado luz", respondió ella.
Entraron, y pasaron la noche extendiéndose en caricias y risas.
CONTINUARA
© Jose A. Andreu Fdez.

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