Mas tarde Lyra los guió a través de los exuberantes jardines del resort. El aire vibraba con una energía sutil, y las plantas parecían brillar con una luz propia. Los edificios, de líneas curvas y materiales desconocidos, se integraban a la perfección en el paisaje, como si hubieran crecido de la propia tierra.
- Este lugar es… increíble”, - murmuró José, sus ojos escaneando cada detalle, comparándolo con el polvoriento caserón que habían dejado atrás.
Lyra rió suavemente. - Es el futuro, José. O al menos, lo que nosotros concebimos como tal. Un santuario de placer, de descubrimiento. Un lugar donde la tecnología y la naturaleza coexisten en perfecta armonía.”
Ginés, más pragmático, no dejaba de mirar a su alrededor con recelo.
-¿Y todo esto… para vacaciones? ¿Cómo funciona?”
- Las comodidades son ilimitadas,- explicó Lyra, guiándolos hacia una terraza con vistas a una cascada artificial que caía en un lago cristalino. - Disponemos de entretenimiento de última generación, experiencias sensoriales inmersivas, y por supuesto, la compañía perfecta.- Hizo una pausa, y sus ojos verdes se posaron en José. - Cada huésped es atendido de manera personalizada.
José sintió un rubor subir por su cuello. Lyra se movía con una gracia etérea, y su presencia irradiaba una confianza serena que lo desarmaba. Mientras Ginés se perdía explorando los controles de una mesa holográfica que proyectaba un mapamundi en tres dimensiones, José se quedó a su lado.
-Lyra”, comenzó José, - vacilante, - ¿cómo es que tú… estás aquí? ¿Eres una de las… muñecas?- La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Lyra lo miró fijamente, y una sombra fugaz cruzó sus ojos.
- Soy… una residente- , respondió con calma. - He estado aquí mucho tiempo. Soy una observadora. Y a veces… una guía.- Se acercó un poco más, y su voz bajó a un susurro íntimo. - Pero tú eres diferente, José. Hay algo en ti… una chispa que no he visto en mucho tiempo.
© Jose A. Andreu Fdez.


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