Nota del autor: las imágenes que ilustran este relato de ciencia-ficción están generadas por Inteligencia Artificial IA
La luz azul del dispositivo los envolvió. José sintió la misma sensación de vértigo que cuando llegaron, pero esta vez en dirección contraria. Las imágenes del resort se desvanecieron, reemplazadas por destellos de luz y color.
“No… no puedo creerlo”, balbució Ginés, sus ojos aún desorbitados, recorriendo los campos, las casas modestas que se vislumbraban a lo lejos, las siluetas familiares del pueblo. “Estamos… estamos de vuelta.”
José asintió lentamente, su mente todavía intentando asimilar la velocidad vertiginosa de los eventos. El color vibrante del Valle, la voz hipnótica de Lyra, la sensación del aire exótico… todo se arremolinaba en su cabeza. Abrió el bolsillo de su pantalón y sacó el folleto. Estaba ahí, real, tangible. La imagen de Lyra, con su pelo corto y sus ojos verdes intensos, parecía burlarse de la realidad terrenal que los rodeaba.
“¿Crees que… que todo fue un sueño, José?” preguntó Ginés, su voz teñida de una esperanza frágil.
José negó con la cabeza, su mirada fija en el folleto. “No, Ginés. No fue un sueño. Fue… demasiado real.” Se frotó los ojos, como si intentara borrar las imágenes vívidas de su mente. “La niebla… esa voz… el Valle…”
Comenzaron a caminar hacia el pueblo, sus pasos más lentos, más pesados. Cada sonido familiar –el ladrido de un perro, el murmullo lejano de una conversación– parecía amplificado, casi agresivo después de la serenidad artificial del resort. Se sentían extraños en su propia tierra, como si hubieran regresado de un viaje intergaláctico en lugar de unas pocas horas a otro lugar.
“¿Qué le decimos a la gente?” inquirió Ginés, la preocupación nublando su rostro. “¿Que estuvimos en un resort del futuro en Estados Unidos en los años 60?”
Llegaron a la plaza del pueblo. El bar de Julio estaba lleno de hombres jugando a las cartas, sus voces resonando en el aire de la tarde. Las chicas del pueblo, reían cerca de la fuente. Era un microcosmos de la vida en 1979, ajeno al torbellino que había sacudido las mentes de los dos amigos
El pueblo parecía exactamente igual. La misma iglesia, las mismas casas, las mismas calles polvorientas. Pero algo había cambiado.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó José, de repente asustado.
Se acercaron a un grupo de ancianos que jugaba a las cartas . Al verlos, uno se levantó y les gritó:
—¡José! ¡Ginés! ¿Dónde diablos habíais estado? ¡Os buscamos por todas partes!
—¿Qué día es hoy? —preguntó José, con el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Qué día es? —rió el hombre—. 28 de julio, por supuesto. Hace tres días que desaparecisteis.
José y Ginés se miraron, aliviados y confundidos a la vez. Para ellos, habían pasado semanas en el Valle de las Muñecas.
CONTINUARÁ
© Jose A. Andreu Fdez.


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