Nota del autor: la imágenes que ilustran este relato han sido generadas por Inteligencia Artificial por AI Free Video, y PixVerse y al igual que lo relatado en esta ficción cualquier parecido con personas o historias de la realidad es pura y mera coincidencia.
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La plaza de Torre Pacheco se había transformado en un jardín de luces. Farolillos de papel colgaban entre las palmeras y el cielo aún conservaba el último tono rosa del atardecer. En el centro, la Agrupación Musical Ntra. Sra. del Pasico afinaba sus instrumentos; el clarinete lanzó una nota suave que hizo que el corazón de Ana diera un salto.
Llevaba el mismo vestido floreado que Mateo le había regalado la noche del lago, ahora rematado con un lazo blanco en la cintura. Él esperaba al pie del altar improvisado, traje negro, corbata suelta y esa sonrisa que siempre conseguía que las sombras huyeran.
Cuando Ana llegó caminando entre dos filas de sillas de madera, ante la atenta mirada de sus compañeros de trabajo, de sus familiares, la banda empezó a tocar “Contigo”. Cada paso era más firme; el miedo ya no existía. Mateo le tomó la mano y, en voz baja, susurró:
—Sin sombras, solo tú.
Las palabras quedaron grabadas en el anillo de plata que deslizó en su dedo: “Sin sombras, solo tú”.
El sacerdote sonrió y, antes de pronunciar el “sí quiero”, la lluvia ligera empezó a caer, pero nadie se movió. Ana y Mateo se besaron bajo gotas brillantes, entre aplausos y la música que envolvía la plaza como una promesa. Cuando se separaron, Mateo apoyó la frente contra la de ella.
—Ahora viene lo bueno —dijo Mateo- ¿lista para una nueva vida?.
Ana rio, entrelazó sus dedos y respondió:
—Siempre que tú estés en ella.
La lluvia empezó a caer, suave y cálida. Nadie se movió. Ana y Mateo se besaron bajo las gotas brillantes, entre aplausos y la música que envolvía la plaza.
El último acorde de la Agrupación se elevó hacia el cielo gris
La historia que empezó entre pasillos de oficina terminó convertida en un para siempre, porque a pesar de todo siempre, siempre hay una esperanza, y siempre hay un mañana.
FIN
© Jose A. Andreu Fdez.

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